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Mesita hecha con tabla de lavar y pie de máquina de coser antiguos


Ref. CA1103 - Mesita hecha con tabla de lavar y pie de máquina de coser antiguas

Ref. CA1103 – Mesita hecha con tabla de lavar y pie de máquina de coser antiguos

Entre hilvanes y pespuntes

“Mamá, ¿qué hay de merienda?”

“Pan y chocolate” -contestó mi madre, mientras seguía absorta en su obra, tijeras en mano, quitando hilvanes de la nueva blusa que se estaba haciendo para los domingos- “Le paso el último pespunte al dobladillo y ahora te la preparo”

Y así transcurrió mi infancia, entre dobladillos, sisas, cuellos bebé, tiros, vainicas, tergales, botones, hebillas y un largo etcétera.

Y sí, lo han adivinado… mi madre era modista. No de las de alta alcurnia, de esas que cosían para las señoras adineradas, sino de esas madres que, para ahorrar unos duros, se hacían ellas su propia ropa. De esas cuyo cuerpo era, al mismo tiempo, maniquí y clienta exigente. De esas que llevaban a sus hijas hechas un pincel y que les permitían, por menos dinero, tener sus armarios llenos de bonitos vestidos, faldas, blusas, chaquetas y abrigos…y hasta, por qué no, soñando con hacer el vestido de comunión de sus niñas y, más tarde, el vestido de novia, obra culmen para cualquier modista de las de andar por casa… como mi madre.

Y en la quietud de la tarde, en la salita de estar, mientras yo hacía los deberes o jugaba con mis muñecos, sólo un sonido disturbaba esa paz… Un sonido inconfundible, como si un pequeño motor intentara arrancar, un “taca, taca…taca, taca…taca” inconfundible, y ahí estaba mi madre, con su movimiento de piernas y su mano dando vueltas a la rueda, para poner en funcionamiento ese instrumento hacedor de sueños.

Mi madre, bajo una bombilla y con su vieja Singer, heredada de mi abuela, se ponía a dar forma a su obra de arte, unía, uno tras otro, esos pedacitos de retales, que por separado no tenían ningún sentido. Cachitos de tela de formas extrañísimas, cortados con mimo y precisión, que uno tras otro, bajo la luz tenue, iban uniéndose para crear algo nuevo, práctico y, sobre todo, bello.

Si tuviera que contar las horas que mi madre pasaba pegada a su máquina de coser, llenarían casi una vida. Antes, mi abuela, ya lo hizo también. Eran otros tiempos, pero con tanto esfuerzo y dinero, sacado hasta de debajo de las piedras, se hizo con una de las primeras máquinas de coser que hubo en el pueblo.

Mi madre recordaba cuando llegó a casa: “Era tan pesada… con su pie de hierro negro, su base de madera, donde sobresalía un cajón con forma redondeada, debajo del cual estaba la máquina, negra, con detalles en dorado… era algo tan nuevo.. y sus dos cajoncitos al lado, donde poder guardar los hilos, las agujas y las canillas, y que al final dieron cobijo a casi todo lo que no te puedas ni imaginar… corchetes, imperdibles, bobinas, botones, cremalleras… Olía a una mezcla de madera y aceite para engrasar el mecanismo de la máquina…” Y así seguía contándome, durante horas, anécdotas y detalles de su vieja Singer.

Pasado el tiempo, en una de tantas visitas a casa, en ese rincón donde siempre estaba la vieja máquina de coser, apareció un nuevo artefacto. “Mira lo que he comprado -mostraba orgullosa mi madre-. No sabes la de cosas que puedo hacer, cose en zig-zag, hace ojales, puedo poner hasta dos hilos distintos… ¡Una maravilla!”

La vieja máquina, con su mesa de hierro fundido, negra todavía, menos en el pedal, que ya se encontraba blanco del uso dado, tenía descascarillada la pintura, arañada la madera, de tantas y tantas horas de uso, y el cuerpo de la máquina, que tanto había trabajado, descansaba bajo su tapa.

Allí se encontraba, en un rincón del desván, donde todo aquello que ya no te sirve, pero que aún trae muchos recuerdos, que duermen en el tiempo del olvido… Allí pasó largos años, a la espera de que alguien se acordara de su pasado… rememorara su historia…

Mesita hecha con tabla de lavar y pie de máquina de coser antiguos,

Mesita hecha con tabla de lavar y pie de máquina de coser antiguos

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